Cada 2 de abril, la Argentina detiene su ritmo para honrar a los veteranos y caídos en la Guerra de Malvinas. Más allá del legítimo tributo emocional y simbólico, es necesario avanzar un paso más: convertir esa fecha en un compromiso concreto de política económica que ponga en el centro a quienes dieron todo por la soberanía nacional.

Los más de 600 mil conscriptos y combatientes que participaron del conflicto de 1982 no fueron solo soldados; en su mayoría provenían de familias trabajadoras, de pueblos del interior y de barrios populares. Muchos regresaron con secuelas físicas y psicológicas que les dificultaron el acceso al mercado laboral. Otros, simplemente, nunca encontraron un empleo estable. Esa realidad no es un detalle: es una deuda que el Estado tiene con un sector que simboliza, como pocos, los límites de la soberanía económica argentina.

Desde una perspectiva keynesiana, el Día del Veterano debe servir para recordar que la verdadera defensa de la soberanía no se agota en el plano militar. Se construye también con una economía que genere empleo de calidad, que invierta en infraestructura en las regiones más alejadas y que regule el mercado para evitar que los más vulnerables queden excluidos. Los veteranos y sus familias son un espejo de lo que ocurre con millones de argentinos cuando el Estado se retira y deja que el ajuste fiscal y la desregulación decidan quién come y quién no.

La experiencia histórica es elocuente. Tras el retorno de la democracia, los gobiernos que apostaron por políticas expansivas lograron incorporar a miles de excombatientes a través de programas específicos de empleo público, pensiones no contributivas y cupos en la administración estatal. Sin embargo, esos avances fueron siempre frágiles. Cada ola de ajuste ortodoxo —ya sea en los noventa, en 2018 o en los intentos recientes— recortó primero las partidas destinadas a los sectores más frágiles, incluyendo beneficios para veteranos. La austeridad procíclica, que tanto defienden los tecnócratas, no solo frena el crecimiento: castiga doblemente a quienes ya cargan con las heridas de la guerra.

Pensar el 2 de abril desde la economía implica reconocer que Malvinas no fue solo un episodio bélico. Fue también el momento en que la dictadura intentó tapar con patriotismo la crisis económica que ella misma había generado. El neoliberalismo de los setenta y ochenta dejó una economía desindustrializada, con desempleo estructural y una deuda externa que aún hoy condiciona nuestras decisiones. Los jóvenes que fueron enviados al Atlántico Sur provenían, en gran medida, de esa Argentina periférica y desigual que el modelo económico había abandonado.

Hoy, en 2026, el desafío sigue siendo el mismo: ¿cómo hacemos para que el homenaje no sea solo floral y discursivo? Una respuesta concreta pasa por diseñar un plan nacional de desarrollo territorial que priorice las provincias patagónicas y del norte, donde vive una proporción importante de veteranos. Inversiones públicas en energías renovables, pesca sustentable, turismo responsable y reconversión industrial pueden generar empleo genuino y de calidad. El multiplicador fiscal de estas políticas es alto en regiones con capacidad ociosa y alta desocupación.

Además, es fundamental fortalecer las pensiones y prestaciones de salud mental para excombatientes. La postraumática no es un gasto: es una inversión en capital humano. Cada peso destinado a acompañar a un veterano con estrés postraumático o discapacidad regresa multiplicado en forma de familias más estables, menor presión sobre los sistemas de salud pública y mayor cohesión social.

La regulación financiera también juega un rol clave. No podemos seguir permitiendo que recursos que deberían destinarse a políticas de inclusión terminen fugándose o pagando intereses de una deuda muchas veces ilegítima. La soberanía económica, que tanto invocamos al hablar de Malvinas, exige renegociar condiciones de endeudamiento que prioricen el desarrollo humano por sobre el pago a acreedores externos. Como enseñó Prebisch y luego reforzó la CEPAL, los países periféricos necesitan herramientas heterodoxas para romper los ciclos de dependencia.

Otro aspecto poco explorado es el rol de las mujeres en el universo veterano. Muchas esposas, madres e hijas de excombatientes cargaron durante décadas con el peso emocional y económico de las secuelas. Una política de género en materia de veteranía no solo es justa: es eficiente. Programas de formación laboral, microcréditos y cooperativas lideradas por mujeres de familias de veteranos pueden convertirse en motor de desarrollo local.

Lejos de ser una mirada romántica, esta propuesta se sustenta en evidencia empírica. Estudios de la ONU y de la CEPAL muestran que las inversiones públicas focalizadas en empleo y cuidado generan multiplicadores superiores a 1,8 en contextos de subutilización de recursos. Argentina tiene capacidad instalada ociosa, recursos naturales y, sobre todo, una sociedad que sigue reconociendo el valor simbólico de Malvinas. Falta voluntad política para alinear el gasto público con esa bandera.

El 2 de abril no debería ser solo el día en que recordamos a los que no volvieron. Debería ser el día en que decidimos que nunca más una generación de jóvenes argentinos será enviada a defender una soberanía que, en la práctica, hemos resignado en los despachos de los organismos financieros internacionales. La mejor manera de honrar a los veteranos es construir una economía que no los abandone por segunda vez.

Porque detrás de cada cifra de desempleo, de cada recorte en jubilaciones de excombatientes o de cada hospital sin equipamiento en el sur, hay una historia de vida que merece algo más que un minuto de silencio. La economía, como decía Keynes, es un instrumento moral. Usémoslo, entonces, para saldar esta deuda pendiente con quienes pusieron el cuerpo por la patria cuando el país más los necesitaba.

Transformar el Día del Veterano en un compromiso de política económica inclusiva no es una opción ideológica. Es la única forma coherente de honrar la memoria y construir un futuro donde la soberanía no sea solo un discurso, sino una realidad material para todos los argentinos.